La mas vacía de las grandezas

Julio Ramón Ribeyro (1929 – 1994) es un escritor peruano, considerado como uno de los mejores de nuestro pais. Su obra abarca preferentemente el cuento y la novela, pero también el teatro, el ensayo y el diario personal, entre otras modalidades menos clasificables.

Personalmente he tenido el placer de leer la mayor parte de su obra, destacando entre sus mejores cuentos “La Insignia”, relato que a continuación les brindo, con la seguridad de que sabrán enfocarlo desde el punto de vista de la Tuna, de la importancia de saber por que es que formamos parte de ella, concientes de que de nada sirve “vivir la Tuna” si no logramos entenderla ni sabemos nada de su tradición, y sin ella, todo lo lejos que podamos llegar sera inutil, en fin, el relato habla por si mismo, espero opiniones.

LA INSIGNIA

Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamente de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: “Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo”.

Era, naturalmente, la insignia y este rescate inesperado me conmovió a tal extremo que decidí usarla.

Aquí empieza realmente el encadenamiento de sucesos extraños que me acontecieron. Lo primero fue un incidenbte que tuve en una librería de viejo. Me hallaba repasando añejas encuadernaciones cuando el patrón, que desde hacía rato e observaba desde el ángulo más oscuro de su librería, se me acercó y, con un tono de complicidad, entre guiños y muecas convencionales, me dijo: “Aquí tenemos libros de Feifer”. Yo lo quedé mirando intrigado porque no había preguntado por dicho autor, el cual, por lo demás, aunque mis conocimientos de literatura no son muy amplios, me era enteramente desconocido. Y acto seguido añadió: “Feifer estuvo en Pilsen”. Como yo no saliera de mi estupor, el librero terminó con un tono de revelación, de confidencia definitiva: “Debe usted saber que lo mataron. Sí, lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga”. Y dicho esto se retiró hacia el ángulo de donde había surgido y permaneció en el más profundo silencio. Yo seguí revisando algunos volúmenes maquinalmente pero mi pensamiento se hallaba preocupado en las palabras enigmáticas del librero. Después de comprar un libro de mecánica salí, desconcertado, del negocio.

Durante algún tiempo estuve razonando sobre el significado de dicho incidente, pero como no pude solucionarlo acabé por olvidarme de él. Mas, pronto, un nuevo acontecimiento me alarmó sobremanera. Caminaba por una plaza de los suburbios cuando un hobre menudo, de faz hepática y angulosa, me abordó intempestivamente y antes de que yo pudiera reaccionar, me dejó una tarjeta entre las manos, desapareciendo sin pronunciar palabra. La tarjeta, en cartulina blanca, sólo tenía una dirección y una cita que rezaba: SEGUNDA SESION: MARTES 4. Como es de suponer, el martes 4 me dirigí a la numeración indicada. Ya por los alrededores me encontré con varios sujetos extraños que merodeaban y que, por una coincidencia que me sorprendió, tenían una insignia igual a la mía. Me introduje en el círculo y noté que todos me estrechaban la mano con gran familiaridad. En seguida ingresamos a la casa señalada y en una habitación grande tomamos asiento. Un señor de aspecto grave emergió tras un cortinaje y, desde un estrado, después de saludarnos, empezó a hablar interminablemente. No sé precisamente sobre qué versó la conferencia ni si aquello era efectivamente una conferencia. Los recuerdos de niñez anduvieron hilvanados con las más agudas especulaciones filosóficas, y a unas disgresiones sobre el cultivo de la remolacha fue aplicado el mismo método expositivo que a la organización del Estado. Recuerdo que finalizó pintando unas rayas rojas en una pizarra, con una tiza que extrajo de su bolsillo.

Cuando hubo terminado, todos se levantaron y comenzaron a retirarse, comentando entusiasmados el buen éxito de la charla. Yo, por condescendencia, sumé mis elogios a los suyos, mas, en el momento en que me disponía a cruzar el umbral, el disertante me pasó la voz con una interjección, y al volverme me hizo una seña para que me acercara.

– Es usted nuevo, ¿verdad? -me interrogó, un poco desconfiado.
– Sí -respondí, después de vacilar un rato, pues me sorprendió que hubiera podido identificarme entre tanta concurrencia-. Tengo poco tiempo.
– ¿Y quién lo introdujo?
Me acordé de la librería, con gran suerte de mi parte.
-Estaba en la librería de la calle Amargura, cuando el…
– ¿Quién? ¿Martín?
– Sí, Martín.
-!Ah, es un colaborador nuestro!
– Yo soy un viejo cliente suyo.
– ¿Y de qué hablaron?
-Bueno… de Feifer.
-¿Qué le dijo?
-Que había estado en Pilsen. En verdad… yo no lo sabía
-¿No lo sabía?
– No -repliqué con la mayor tranquilidad.
– ¿Y no sabía tampoco que lo mataron de un bastonazo en la estación de Praga?
– Eso también me lo dijo.
-!Ah, fue una cosa espantosa para nosotros!
-En efecto -confirmé- Fue una pérdida irreparable.

Mantuvimos una charla ambigua y ocasional, llena de confidencias imprevistas y de alusiones superficiales, como la que sostienen dos personas extrañas que viajan accidentalmente en el mismo asiento de un ómnibus. Recuerdo que mientras yo me afanaba en describirle mi operación de las amígdalas, él, con grandes gestos, proclamaba la belleza de los paisajes nórdicos. Por fin, antes de retirarme, me dio un encargo que no dejó de llamarme la atención .

-Tráigame en la próxima semana -dijo- una lista de todos los teléfonos que empiecen con 38.
Prometí cumplir lo ordenado y, antes del plazo concedido, concurrí con la lista.
-!Admirable! -exclamó- Trabaja usted con rapidez ejemplar.

Desde aquel día cumplí una serie de encargos semejantes, de lo más extraños. Así, por ejemplo, tuve que conseguir una docena de papagayos a los que ni más volví a ver. Mas tarde fui enviado a una ciudad de provincia a levantar un croquis del edificio municipal. Recuerdo que también me ocupé de arrojar cáscaras de plátano en la puerta de algunas residencias escrupulosamente señaladas, de escribir un artículo sobre los cuerpos celestes, que nunca vi publicado, de adiestrar a un meno en gestos parlamentarios, y aun de cumplir ciertas misiones confidenciales, como llevar cartas que jamás leí o espiar a mujeres exóticas que generalmente desaparecían sin dejar rastro.

De este modo, poco a poco, fui ganando cierta consideración. Al cabo de un año, en una ceremonia emocionante, fui elevado de rango. “Ha ascendido usted un grado”, me dijo el superior de nuestro círculo, abrazándome efusivamente. Tuve, entonces, que pronunciar una breve alocución, en la que me referí en térmios vagos a nuestra tarea común, no obstante lo cual, fui aclamado con estrépito.

En mi casa, sin embargo, la situación era confusa. No comprendían mis desapariciones imprevistas, mis actos rodeados de misterio, y las veces que me interrogaron evadí las respuestas poque, en realidad, no encontraba una satisfactoria. Algunos parientes me recomendaron, incluso, que me hiciera revisar por un alienista, pues mi conducta no era precisamente la de un hombre sensato. Sobre todo, recuerdo haberlos intrigado mucho un día que me sorprendieron fabricando una gruesa de bigotes postizos pues había recibido dicho encargo de mi jefe.

Esta beligerancia doméstica no impidió que yo siguiera dedicándome, con una energía que ni yo mismo podría explicarme, a las labores de nuestra sociedad. Pronto fui relator, tesorero, adjunto de conferencias, asesor administrativo, y conforme me iba sumiendo en el seno de la organización aumentaba mi desconcierto, no sabiendo si me hallaba en una secta religiosa o en una agrupación de fabricantes de paños.

A los tres años me enviaron al extranjero. Fue un viaje de lo más intrigante. No tenía yo un céntimo; sin embargo, los barcos me brindaban sus camarotes, en los puertos había siempre alguien que me recibía y me prodigaba atenciones, y en los hoteles me obsequiaban sus comodidades sin exigirme nada. Así me vinculé con otros cofrades, aprendí lenguas foráneas, pronuncié conferencias, inauguré filiales a nuestra agrupación y vi cómo extendía la insignia de plata por todos los confines del continente. Cuando regresé, después de un año de intensa experiencia humana, estaba tan desconcertado como cuando ingresé a la librería de Martín.

Han pasado diez años. Por mis propios méritos he sido designado presidente. Uso una toga orlada de púrpura con la que aparezco en los grandes ceremoniales. Los afiliados me tratan de vuecencia. Tengo una renta de cinco mil dólares, casas en los balnearios, sirvientes con librea que me respetan y me temen, y hasta una mujer encantadora que viene a mí por las noches sin que yo le llame. Y a pesar de todo esto, ahora, como el primer día y como siempre, vivo en la más absoluta ignorancia, y si alguien me preguntara cuál es el sentido de nuestra organización, yo no sabría qué responderle. A lo más, me limitaría a pintar rayas rojas en una pizarra negra, esperando confiado los resultados que produce en la mente humana toda explicación que se funda inexorablemente en la cábala.

(Lima, 1952)

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7 Responses to La mas vacía de las grandezas

  1. Melmac dice:

    Hola Clompi, te cuento que “La insignia” la leí en el Colegio en los ochentas y luego hice el siguiente comentario en tunas_peru el Lunes, 06 de Octubre de 2003 07:50 p.m.
    Solo para hacer referencia que algunas opiniones y lecturas no son grandes descubrimientos.
    Acá el mail completo.

    —–Mensaje original—–
    De: Melvin Almonacid [mailto:melmac_1999@yahoo.com]
    Enviado el: Lunes, 06 de Octubre de 2003 07:50 p.m.
    Para: tunas_peru@yahoogroups.com
    Asunto: [tunas_peru] calin paiche pico

    Calín te faltó mencionar las tunas que siendo universitarias tienen entre sus integrantes a gente o de otras universidades o que nada tiene que ver con la universidad.

    Eso es peor porque esas no desaparecen y están entre nosotros, y estoy de acuerdo con Paiche que hay que ser sincero y valiente para decirles a ellos que no estamos de acuerdo con ello, aunque nos ganemos broncas (tengo experiencia en el asunto jejeje).

    Ahi sanmartin morados y upla con su huggies tienen la palabra.

    Pero también últimamente (ayer conversaba con Patita al respecto) hay algunos tunos que se caracterizan por su ignorancia, hací referencia a “la insignia” de Julio Ramón Ribeyro http://sololiteratura.com/ribcuenlainsignia.htm para los curiosos o no leidos, donde uno está en un grupo y no tiene la puta idea de que es.

    Eso lo digo por aquellos que les pegan, los pisan y hasta los botan en grupo a los pardillos, les sacan la mierda y les mandan a comprar cigarros todo el día, los mandan a “parchar” solos para luego quitarles la plata, puta esas huevadas indignan y están creciendo en las tunas.

    Entonces mas hay que preocuparnos porque la tradición crezca y que entren nuevos pardillos para que la conozcan y la practiquen, pero quien entrará si sabe que dentro de la tuna les hacen piel de oso?? y en medio del parque!!!!!!, solo estamos extinguiendo la tradición y provocando que aparezcan grupos con gente que se quitó de la tuna por alguna injusticia.

    Creo que Pico y Becario han hecho quedar bien a la tuna demostrando que hay tunos que saben lo que es la tuna y se enfrentan a ese tipo de grupos.

    Y es bueno siempre usar la cultura como parte de la picardía, uno tiene varias “armas” la música, el ingenio y también la cultura, así como la nobleza, la humidad y todo eso que hablamos y no practicamos, porque aquel que manda a traer un cigarro a un pardillo pudiendo él mismo conseguirselo no tiene nada de humilde ni noble.

    Melmac.

  2. Clonpi dice:

    Hola Melmac:

    Sinceramente que gusto me da que comentes aquí.

    Bueno respecto a tu comentario, sólo aclarar que lo que yo pongo aquí son simplemente opiniones personales, no pretendo afirmar que he descubierto el cuento “la insignia”. Yo también lo leí en el colegio, me mandaron a leer “al pie del acantilado”, y me compre el libro “La palabra del mudo” que incluía, entre otros cuentos los dos ya mencionados. Luego de algunos años, ya en la universidad, lo volví a leer y fue natural que lo relacione con la Tuna, pero es obvio que ya hubieron personas que lo leyeron antes.

    Respecto a lo que dices sobre el maltrato a los pardos y a la inclusión de gente no universitaria en algunas tunas, concuerdo contigo en que es un ataque a la tradición y hay que enfrentarlo para que no siga propagándose. Lo que intento con este blog es difundir un poco mis opiniones sobre la Tuna, para que quizás sirvan de base a los nuevos que llegan y que NADIE quiere decirles ni explicarles nada, si no que lo primero que le enseñan es a cumplir ordenes y a NO PENSAR, que pienso es el mayor virus que socava la tradición. Puedes leer el resto de mis posts y creo que estamos de acuerdo en muchas cosas.

    De verdad un gusto compartir opiniones contigo y ojalá se pueda hacer más seguido.

    Un abrazo.

    Clonpi

    Ex-pardo UNI

  3. david dice:

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